Lo prometido es deuda. Aquí está, por fin, lo que todos estabais esperando…Con noticias de Holanda, el blog en el durante los próximos cinco meses (como poco) contaré todas mis aventuras y desventuras (que seguramente abundarán más) por tierras holandesas.
Todos los que me conocéis sabéis de sobra que soy, lo que comúnmente denomina mi madre, una persona de “culo inquieto”. Ésta es una de las muchas razones por las que a día de hoy me encuentro en Utrecht, una preciosa ciudad en la que llueve día sí y día también.
Sé que he sido un poco tardona con mis deberes “bloggeros” y más de uno/a me lo ha dejado presente…Así que empecemos por el principio porque, no amigos míos, mi aparición en Utrecht no ha surgido por arte de magia, ni mucho menos por medio de un viaje en avión…Mi llegada a esta encantadora ciudad lleva implícita es su más pura esencia cerca de 1.800 kilómetros de conducción por carretera.
“¡Jáaaaaa!” (Pensará más de uno), pues ya os digo yo que no es cosa de risa. Por circunstancias de la vida o por selección natural, he sido bendecida (o maldita, como prefiráis verlo) con unos padres que tienen devoción por acompañarme allá por donde quiera que voy. Así que cuando me confirmaron la plaza para realizar la beca Erasmus en este entrañable país, mis progenitores, ni cortos ni perezosos, decidieron que la mejor de las opciones era echarse la manta a la cabeza (y el edredón, y la almohada, y casi casi la olla express…) y acompañarme hasta aquí. Eso sí, en coche, porque no creáis que toda esa ropa de cama entra en un sólo avión.
Pues bien, tras unas 24 horas de viaje aproximadamente (no quiero hacer la reflexión real por la cuenta que me trae…) aparecí, ahora sí, en Utrecht. Claro que por el camino pasamos muchas cosas, desde las posturas de yoga-rompevértebras que tuvo que asumir mi madre para que entrara todo en el coche, hasta las coreografías hechas por mi hermana y por mí con los éxitos del verano o por la fase en la que mi padre fue poseído por lucifer cuando, después de una hora de estar por Utrecht, seguía dando vueltas a la misma rotonda (desde aquí aprovecho para agradecerle con todo el amor de mi corazón a señora holandesa que nos llevó hasta la misma puerta del hotel. Gracias, de verdad, si no hubiera sido por usted todavía estaríamos conduciendo por la rotonda del infierno).
Y es que otra cosa no, pero si de algo me he dado cuenta en estos primeros días es que los holandeses son gente muy pero que muy amable. Y no deja de hacérseme raro, ya que el tiempo es un auténtico asco. En pleno verano y yo con las botas, la chaqueta de lana y la bufanda bien enfundada (el invierno que me espera...).
En fin, lo que está claro es que para bien o para mal…mi aventura a Ítaca ha comenzado y, como dice el poema de Kaváfis, lo único que voy a rogar es que “el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias”.
Foto: Torre Dom