domingo, 11 de septiembre de 2011

Los 10 mandamientos de los utrechienses



  1. Si no tienes bici, no eres nadie. (Da igual que esté carcomida por el óxido o que se vaya cayendo a cachos por el camino, lo importante es moverse a dos ruedas. Por supuesto, sin llevar protección ninguna… aquí el que se la pega lo hace con todas las de la ley).
  1. El pudor no existe, cuanto más se vea lo que haces en tu casa, mejor. (No sé si el motivo es que las relaciones de exportación e importación entre los vendedores de cortinas no son muy fluidas en este país con el resto de Europa… pero la cuestión es que más del 90% de la población utrechiense no las tiene o, básicamente, pasa de hacer uso de ellas).
  1. Saldrás de fiesta un lunes (o un martes, o un miércoles o un jueves…) y siempre, SIEMPRE, habrá ambiente.
  1. Alimentarás a los gatos hasta que mueran por obesidad mórbida. (Imaginaos al gato más gordo del mundo y ahora mezclarlo con el ADN de un cerdito, así es más o menos la apariencia que tienen los mininos en esta ciudad…).
  1. Jamás llevarás zapatos de tacón (a no ser que hayas sido trapecista en una vida anterior…ya que es científicamente imposible poder sortear las calles adoquinadas de Utrecht sin dejarte los dientes contra el suelo o comerte uno de los innumerables charcos). 
  1. Siempre llevarás el paraguas encima. (Da igual que haya un sol radiante y ni una miserable nube en el cielo porque en tu fuero más interno sabes que en el momento más insospechado caerá un diluvio universal. No importa cómo ni cuándo, lloverá).
  1. El carril bici es sagrado, si por una desgraciada casualidad de la vida acabas metido en él en calidad de peatón, date por muerto.
  1. Cualquier momento es bueno para comer patatas fritas, o galletitas de caramelo, o una pizza-kebab, o un burrito, o cualquier cosa que pueda encontrarse en el Albert Hejin… (Y más si lo haces encima de la bici mientras hablas por el móvil y escuchas música al mismo tiempo).
  1. Da igual que estés trabajando, estudiando o apagando un incendio, si sale el sol, tienes la obligación ética y moral de salir a la calle.
  1. Limpiarás el suelo con… mmmmm... ¿¿?? Espérate... mmmm… ¿Dónde se puede comprar una fregona? (Bien, es algo que me perturba enormemente ya que tras recorrer todos y cada uno de los supermercados, rastrillos y locales de dudosa legalidad… ¡no he conseguido encontrar un miserable mocho! Eso sí, no hay problema en encontrar suero de leche, zumo de pera con ¿¿??, patos amarillos de ducha gigantes o lámparas con forma de caballo…).


martes, 6 de septiembre de 2011

Viaje a Ítaca

Lo prometido es deuda. Aquí está, por fin, lo que todos estabais esperando…Con noticias de Holanda, el blog en el durante los próximos cinco meses (como poco) contaré todas mis aventuras y desventuras (que seguramente abundarán más) por tierras holandesas.

Todos los que me conocéis sabéis de sobra que soy, lo que comúnmente denomina mi madre, una persona de “culo inquieto”. Ésta es una de las muchas razones por las que a día de hoy me encuentro en Utrecht, una preciosa ciudad en la que llueve día sí y día también.

Sé que he sido un poco tardona con mis deberes “bloggeros” y más de uno/a me lo ha dejado presente…Así que empecemos por el principio porque, no amigos míos, mi aparición en Utrecht no ha surgido por arte de magia, ni mucho menos por medio de un viaje en avión…Mi llegada a esta encantadora ciudad lleva implícita es su más pura esencia cerca de 1.800 kilómetros de conducción por carretera.

“¡Jáaaaaa!” (Pensará más de uno), pues ya os digo yo que no es cosa de risa. Por circunstancias de la vida o por selección natural, he sido bendecida (o maldita, como prefiráis verlo) con unos padres que tienen devoción por acompañarme allá por donde quiera que voy. Así que cuando me confirmaron la plaza para realizar la beca Erasmus en este entrañable país, mis progenitores, ni cortos ni perezosos, decidieron que la mejor de las opciones era echarse la manta a la cabeza (y el edredón, y la almohada, y casi casi la olla express…) y acompañarme hasta aquí. Eso sí, en coche, porque no creáis que toda esa ropa de cama entra en un sólo avión.

Pues bien, tras unas 24 horas de viaje aproximadamente (no quiero hacer la reflexión  real por la cuenta que me trae…) aparecí, ahora sí, en Utrecht. Claro que por el camino pasamos muchas cosas, desde las posturas de yoga-rompevértebras que tuvo que asumir mi madre para que entrara todo en el coche, hasta las coreografías hechas por mi hermana y por mí con los éxitos del verano o por la fase en la que mi padre fue poseído por lucifer cuando, después de una hora de estar por Utrecht, seguía dando vueltas a la misma rotonda (desde aquí aprovecho para agradecerle con todo el amor de mi corazón a señora holandesa que nos llevó hasta la misma  puerta del hotel. Gracias, de verdad, si no hubiera sido por usted todavía estaríamos conduciendo por la rotonda del infierno).

 
Y es que otra cosa no, pero si de algo me he dado cuenta en estos primeros días es que los holandeses son gente muy pero que muy amable. Y no deja de hacérseme raro, ya que el tiempo es un auténtico asco. En pleno verano y yo con las botas, la chaqueta de lana y la bufanda bien enfundada (el invierno que me espera...).

En fin, lo que está claro es que para bien o para mal…mi aventura a Ítaca ha comenzado y, como dice el poema de Kaváfis, lo único que voy a rogar es que “el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias”.

 Foto: Torre Dom